Canelita ya no disfrutaba de sus baños de arena ni de las lombrices frescas después de la lluvia. Se sentía como una máquina de tesoros, vigilada día y noche por guardias que no entendían que su "magia" venía de su alegría, no de una fórmula secreta. La rebelión de las plumas

¿Te gustaría que de la historia a algo más infantil o quizás añadirle un toque de misterio ?

Fue entonces cuando ocurrió algo curioso. Canelita volvió a poner huevos especiales, pero ya no eran joyas para vender. Eran huevos que, al romperse, liberaban mariposas de colores o hacían crecer flores instantáneas donde caía la cáscara. La gallinita ponedora volvió a ser feliz, no por el valor de lo que producía, sino porque finalmente podía compartir su don con el mundo, sin etiquetas ni precios, simplemente por el puro placer de crear.

Cada vez que Canelita sentía ese cosquilleo en el nido, el granjero Manuel se preparaba con una cesta forrada de terciopelo. No era para menos, pues los huevos de Canelita no servían para hacer tortillas; eran obras de arte en miniatura. Algunos tenían cáscaras que brillaban como el zafiro, otros estaban grabados con mapas de ciudades que nadie conocía, y los más raros de todos, según contaban en el pueblo, contenían melodías que solo se escuchaban al acercar el oído a la superficie lisa. El dilema de la abundancia